Roberto Shimizu el hombre detrás de la colección de autos a escala más grande del mundo

Roberto Shimizu es uno de los máximos referentes del coleccionismo en México. Arquitecto, hijo de inmigrantes japoneses que se establecieron en la colonia Doctores a principios del siglo XX (donde abrieron una papelería y juguetería), a muy temprana edad tuvo “el don”, dice, de preservar juguetes.

Gran parte de su colección dio forma en 2006 al mítico Museo del Juguete Antiguo (Mujam), recinto de cuatro pisos ubicado en Dr. Olvera 15, donde conviven piezas únicas y de gran valor para la historia viva de México.

Es el Mujam donde convoco al señor Roberto a hurgar en su memoria, a charlar sobre una de sus mayores pasiones: los carritos de juguete, una de sus colecciones particulares más fascinantes, compuesta actualmente por unos cien mil cochecitos de la época de oro del juguete moderno. “Si el coleccionista (dice Shimizu) no cierra el círculo de la colección, es decir exponerla, exhibirla, compartirla, no sirve de nada; eso me pasa con los carritos, esas bellas esculturas movientes”.

El recuerdo más memorable de Roberto Shimizu frente al universo del automóvil fue la aparición, a principios de los cincuenta, de los primeros Matchbox de metal a escala. La salida de estas miniaturas que cabían en una caja de cerillos marcó un parteaguas del coleccionismo de juguetes en todo el mundo. “Eran tan bonitos que los niños los traíamos en las bolsas del pantalón, pero no jugábamos con ellos en las banquetas, sino en las mesas, cuidándolos, como pequeños tesoros”.

 

La infancia del fundador del Mujam coincidió con el despertar del automovilismo a la modernidad, mediante la aplicación de las líneas aerodinámicas al diseño, la evolución de los objetos ergonómicos y los motores. La irrupción del Mini Minor, recuerda, así como la época de oro de lo que considera el máximo juguete en la historia de la humanidad: los carritos Schuco de origen alemán, sus preferidos por siempre y los que se llevaría a la Luna, además de un patín del diablo.

Gracias a la tienda de sus papás, que suministraba un sustento económico con solvencia, y a que estos viajaban a Japón, Roberto pudo tener acceso a una gran variedad de cochecitos desde muy pequeño. Cuando creció y pudo viajar a Londres e Italia, amplió su colección con piezas únicas que encontraba en talleres pequeños y de producciones limitadas, así como marcas que con el paso del tiempo se convertirían en legendarias en cuanto a autos de juguete: Corgi, Dinky.

En paralelo a su afán de coleccionar los cochecitos que marcaban su época, Shimizu cultivo un amor profundo por los automóviles a gran escala: el Datsun en el que iba a la prepa, el Mercedes-Benz 190 de sus días de estudiante de arquitectura en la UNAM, el Porsche Targa, el Ferrari 308, el Mercedes-Benz “alas de gaviota” que llego a encontrar en algún lote perdido y su Berlinetta Boxer, el top, el máximo, el que considera el primer súper carro de la historia.

Roberto piensa que el cruce entre la arquitectura y los automóviles se encuentra en el diseño. “Son dos elementos que en la filosofía están considerados como ciencias positivas, es decir, existen porque hacen al humano mejor”.

Sus colecciones de cochecitos valen en cuanto a la época que le tocó vivir, la de oro, más allá de su posible valor económico. “Queremos ser un museo honesto, que cada quien haga bien su tarea y que en la mente de todos exista la idea de dejarle algo a México”.

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*